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29.10.08

Un legado que perdura


Sin lugar a dudas, el nacimiento de un niño es un evento sumamente importante y de mucha alegría para los padres, familiares y amigos. Sin embargo, a pesar de la alegría que provoca el nacimiento del bebé es muy poco lo que podemos saber del mismo a parte de que se parece a uno o ambos de los padres. Podemos predecir también que un recién nacido comerá mucho, dormirá mucho, llorará mucho y ensuciará muchos pañales y lo por lo tanto habrá que cambiarlo mucho también. Si Dios nos bendice con un niño o niña saludable, eso es todo lo que podemos esperar. Con el paso del tiempo y los años tendremos una mejor idea de la personalidad y carácter del niño, pero inmediatamente después de su nacimiento sabemos muy poco.

Es un caso distinto cuando una persona muere luego de una larga vida. Después de muchos años de vida, la muerte deja un gran vacío en una familia, en unos amigos y hasta en toda una comunidad, pueblo o nación. Ese es el caso de un esposo o una esposa que se ha dedicado en cuerpo, alma y corazón a su cónyuge. Ese es el caso de un padre o una madre que de igual manera y con igual dedicación ha procurado el bienestar de sus hijos. También un gran amigo que se ha sacrificado por nosotros es alguien que dejará un vacío en nuestras vidas que como bien dice la famosa canción de Alberto Cortés “no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Personas que han tenido influencia para bien en nuestras vidas, en nuestras familias y aun en pueblos enteros son personas cuya muerte nos causará mucho dolor. La muerte de una persona así es considerada una pérdida irremplazable.

Moisés fue ese tipo de persona para el pueblo de Israel. Moisés escribió los primeros cinco libros de la Biblia, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Cuatro de esos libros narran la especial relación de Dios con Moisés desde su nacimiento al comienzo del libro de Éxodo cuando leemos que

Hubo un levita que tomó por esposa a una mujer de su propia tribu. La mujer quedó embarazada y tuvo un hijo, y al verlo tan hermoso lo escondió durante tres meses. Cuando ya no pudo seguir ocultándolo, preparó una cesta de papiro, la embadurnó con brea y asfalto y, poniendo en ella al niño, fue a dejar la cesta entre los juncos que había a la orilla del Nilo. […] De pronto la hija del faraón vio la cesta entre los juncos, y ordenó a una de sus esclavas que fuera por ella. Cuando la hija del faraón abrió la cesta y vio allí dentro un niño que lloraba, le tuvo compasión, pero aclaró que se trataba de un niño hebreo. La hermana del niño preguntó entonces a la hija del faraón:
—¿Quiere usted que vaya y llame a una nodriza hebrea, para que críe al niño por usted?
—Ve a llamarla —contestó. La muchacha fue y trajo a la madre del niño, y la hija del faraón le dijo: —Llévate a este niño y críamelo. Yo te pagaré por hacerlo.
Fue así como la madre del niño se lo llevó y lo crió. Ya crecido el niño, se lo llevó a la hija del faraón, y ella lo adoptó como hijo suyo; además, le puso por *nombre Moisés, pues dijo: «¡Yo lo saqué del río!»

hasta su muerte en la primera lectura que tuvimos para hoy en donde leemos que Dios le dice a Moisés luego de mostrarle la tierra prometida desde la cima del Monte Pisga,

“Éste es el territorio que juré a Abraham, Isaac y Jacob que daría a sus descendientes. Te he permitido verlo con tus propios ojos, pero no podrás entrar en él.” Allí en Moab murió Moisés, siervo del Señor, tal como el Señor se lo había dicho. Y fue sepultado en Moab, en el valle que está frente a Bet Peor, pero hasta la fecha nadie sabe dónde está su sepultura.
Moisés tenía ciento veinte años de edad cuando murió. Con todo, no se había debilitado su vista ni había perdido su vigor. Durante treinta días los israelitas lloraron a Moisés en las llanuras de Moab, guardando así el tiempo de luto acostumbrado.

Moisés dejó un gran vacío en la vida del pueblo de Israel cuando subió al monte para nunca más bajar. El estuvo con Israel durante una etapa formativa de ese pueblo, pero los cuarenta años en el desierto no solamente formaron al pueblo sino que también formaron al líder.

A manera de repaso podemos decir de Moisés que Dios protegió su vida al ser encontrado por la sierva de la hija del faraón en el río Nilo. Creció en la corte del faraón. Huyó de Egipto a la tierra de Madián y se convirtió en pastor de ovejas. Tuvo un encuentro con Dios en un arbusto ardiente. Fue enviado por Dios ante el faraón y le exigió la libertad de los israelitas. Cruzó el Mar Rojo con los israelitas. Recibió los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí. Dirigió a Israel por cuarenta años en el desierto. Murió a la edad de ciento veinte años.

Un detalle importante que la lectura de Deuteronomio menciona es que Dios le permitió ver la tierra prometida a Moisés pero no lo dejó entrar en ella. ¿Por qué razón Dios no le permitió a Moisés entrar con Israel a la tierra que les había prometido? Muchos años después de haber salido de Egipto los israelitas llegaron a Horeb y se quejaron de tener sed y protestaron contra Dios y Moisés. Dios le dijo a Moisés que le hablara a una roca allí en Horeb para que brotara agua de la misma. Moisés debía hacer esto delante de todo el pueblo. En vez de hablarle a la roca, Moisés golpeó la roca y brotó agua de la misma. (Números 20:1-13) Dios se enojó contra Moisés por haberlo desobedecido y no haber santificado su nombre ante Israel. Su castigo fue que no entraría con Israel a la tierra por no haber hecho como el Señor le indicó.

Durante su vida Moisés tuvo cuidado de hacer todo lo que Dios le ordenaba, pero un solo momento de rencor lo hizo obedecer más sus impulsos que a la voz de Dios. Aunque él gozaba de una relación privilegiada con Dios y aunque procuró hacer todo lo que Dios le dijo tuvo sus fallas. Todos fallamos en un momento u otro. Muchos de nosotros fallamos más de lo que quisiéramos y lo sabemos. ¿Qué hizo Moisés luego de que Dios le dictara las consecuencias de pecado? Tuvo que aceptar que Dios es un Dios santo cuya voz debe ser escuchada antes que nuestra propia voz.

Moisés fue un gran líder y, a pesar de que sufrió tremendamente a causa de un pueblo a menudo ingrato y muchas veces desobediente, permaneció fiel al llamado que Dios le hizo de dirigir a su pueblo. Dios mismo quiso en varias ocasiones borrar a Israel de la faz de la tierra y comenzar un pueblo nuevo con Moisés pero en cada ocasión Moisés intercedía a favor de Israel y le recordaba a Dios sus promesas a Abraham, Isaac y Jacob.

Hoy día vemos que muchos buscan sacar ventaja de su posición como líderes para su propia ganancia. Esta actitud la vemos en los políticos que desean nuestro voto para llegar al poder y lograr sus objetivos bajo el pretexto de procurar el bienestar del pueblo. Esta actitud la vemos en el empresario ejecutivo que lleno de avaricia procura llenar su propio bolsillo de cantidades obscenas de dinero sin importarle aquellos a quienes él muy bien pudiera ayudar gracias a su acomodada posición financiera. Moisés fue el tipo de líder antitético al modelo de líder que se promueve en Wall Street y en el mundo corporativo en donde primero soy yo, segundo soy yo y tercero soy yo.

Moisés es todo lo opuesto al político nuestro de cada día. Es precisamente porque él procuró cumplir con la agenda de Dios en favor de Israel que Moisés dejo un gran vacío muy difícil de llenar en su pueblo. Líderes como Moisés son los líderes que Dios busca hoy día. Estos son líderes que anteponen la misión de Dios a su propia misión y procuran genuinamente el bienestar de los que han sido puestos a su cargo.

El apóstol Pablo sabía tan bien como Moisés que anteponer el plan de Dios a sus planes le conllevaría aflicción y sufrimiento, pero Pablo estaba muy consciente de que lo que Dios quiere siempre es lo mejor para su pueblo. La Biblia esta llena de líderes que decidieron cumplir con sus planes cuando Dios les indicaba que cumplieran con los de él. Las consecuencias para tales líderes no fueron muy gratas y menciono a líderes de Israel como los reyes Saúl y Acab.

San Pablo dice lo siguiente cuando escribe a los tesalonicenses en la segunda lectura para hoy,

Nuestra predicación no se origina en el error ni en malas intenciones, ni procura engañar a nadie. Al contrario, hablamos como hombres a quienes Dios aprobó y les confió el evangelio: no tratamos de agradar a la gente sino a Dios, que examina nuestro corazón.

Es en efecto esa actitud de agradar a Dios lo que distinguió el liderato de Moisés y el de Pablo. El primer ítem en sus agendas era agradar a Dios antes que a los hombres y cumplir con Dios antes que con los hombres. Nuestra lectura de Deuteronomio termina de la siguiente manera (Deuteronomio 34:10-12). ¿Cuál es la motivación que nos guía a actuar como lo hacemos en nuestro diario vivir, en nuestros trabajos, en nuestras oficinas y en nuestro trato con nuestros semejantes? ¿Procuramos el honor de Dios o el de los hombres? ¿Qué hicieron Moisés y Pablo?

El honor de los hombres no perdura. Es como la hoja seca y sabemos en esta época de hojas secas lo que ocurre con ellas. Pero honrar a Dios y buscar su voluntad sí perdura y deja un legado para que otros puedan también seguir ese mismo ejemplo.

Al fin y al cabo, Moisés no hizo nada más que apuntar Cristo al dirigir a Israel como un pastor dirige a sus ovejas y el apóstol Pablo al predicar el evangelio a la iglesia en Tesalónica no hizo menos seguir esos mismos pasos de nuestro amado Carpintero.

Moisés y Pablo nos están llamando a ser como Cristo y ser como nuestro Señor es un camino de aflicción y sufrimiento pero es el camino que nos llevará al gozo y descanso de Dios—gozo y descansos que son eternos. Amén.

1.6.08

Centavos

2do domingo después de Pentecostés

Leia el periódico recientemente acerca del alza en los precios de la gasolina y los alimentos. Un articulo decía que “el alto costo de la gasolina esta teniendo un efecto de dominó a través de toda la economía americana. No sólo estamos pagando más en la pompa, sino que muchos negocios locales se ven afectados por el alza en los precios y nosotros terminamos pagando por eso también.” (abc13) Un ejemplo lo son los negocios que hacen entregas a domicilio.

En otra noticia relacionada con el alza en los precios de los alimentos leía que “entre los comerciantes detallistas, el alza en los precios de artículos esenciales – desde el maíz, que ahora está en mayor demanda debido al aumento en la producción de etanol, hasta el trigo que se ha triplicado en precio en los últimos 10 meses – tiene a algunos analistas de la industria sugiriendo que el alza en los precios no es una fluctuación temporera sino que puede que esté aquí para quedarse.” (msnbc)

Estas son noticias muy recientes acerca del estado de nuestra economía. La cosa se está poniendo más difícil cada día para los consumidores. Otra noticia muy similar me sorprendió mucho. Esta noticia del periódico The New York Times decía lo siguiente, “el costo de la vida está creciendo consistentemente. En los últimos 13 años ha habido un aumento en el precio de artículos esenciales de exactamente un 49.1 porciento. El vendedor al por mayor está pagando la mitad de un porciento más este mes [agosto] de lo que pagó en julio pasado, y casi el mismo aumento ha ocurrido mes tras mes desde el fin de la primavera. Mientras que los vendedores al por mayor han estado pagando más, el aumento al consumidor ha ido progresando aún más.
“Cuarenta y ocho artículos usados por los consumidores cuestan más este mes de lo que costaban un año atrás, y todos estos artículos son de los que el consumidor compra más, tales como la harina, los huevos, la carne de cerdo, de cordero, el queso, el café, el té, y la mantequilla.” (nytimes, August 14, 1909) Esa noticia fue publicada el 14 de agosto de 1909.

Al parecer, los problemas que la economía está enfrentando hoy no son nada nuevo. A principios del siglo veinte, los consumidores se encontraban en una situación muy similar a la nuestra hoy día. La vida, en vez de abaratarse, continúa poniéndose más y más cara. Muchos comerciantes y negocios sufren, pero nadie sufre como los que nos encontramos en el último peldaño de la escalera, nosotros los consumidores.

El que la economía se halle en el estado en que se encuentra hoy es motivo de preocupación para muchos. La mayoría de las familias en nuestra comunidad ganan justamente lo necesario para poder subsistir. Vivimos de cheque a cheque sin que nos sobre el dinero. La cosa es más difícil aún cuando la economía sigue empeorando y nuestros sueldos no siguen aumentando de acuerdo encarecimiento de la vida.

Para muchos padres y madres familia esto se convierte en una situación agobiante. ¿Nos dará el dinero para cubrir nuestros gastos este mes? A veces es muy difícil mantener la calma ante las presiones económicas.

Cristo parece tener algo que decirnos al respecto cuando nos enseña en el evangelio para hoy precisamente acerca del dinero. Cristo no fue un economista ni analista político. Nuestro Señor siempre procuró darnos una justa perspectiva del significado de la vida. Las presiones de nuestro diario vivir sean de índole económica o familiar pueden desenfocarnos de tal manera que se nos vaya la vida en aquello que nuestro Señor no deseó para nosotros en primer lugar.

El evangelio para hoy comienza poniendo las cosas en su justa perspectiva para nosotros, “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. Cristo nos esta hablando acerca de la naturaleza del corazón humano. Fuimos creados para demostrar lealtad, para demostrar fidelidad primeramente a Dios y en segundo lugar a nuestro prójimo. Dios no nos creó para que fuésemos ambivalentes entre una cosa y otra. La naturaleza del corazón humano es tal que se entregará a una causa por entero y no otra. El corazón del hombre fue creado para amar a Dios incondicionalmente, pero nuestra elección por el pecado hace de nuestro corazón un corazón dividido a diferencia del corazón íntegro que Dios nos había dado en la creación. Antes de su caída, Adán amaba a Dios sobre todas las cosas y a Eva como a sí mismo. No había confusión de lealtades en Adán pues toda su lealtad a Eva se derivaba de su lealtad hacia Dios. Después de su caída, Adán no sabía como amar. Su norte que era Dios mismo ya no era su norte a causa del pecado.

De ahí que Cristo diga muy claramente, “Nadie puede servir a dos señores… No se puede servir a Dios y a las riquezas.” Un corazón divido por muy dividido que esté siempre tendrá un señor. Cristo nos alerta claramente que amaremos a Dios con todo nuestro corazón, fuerzas, mente y espíritu o amaremos a otro de la misma manera. Aquí cabe la pregunta para nosotros, ¿Quién es nuestro señor?

Esta ambivalencia del corazón humano de querer amar y obedecer a dos señores a la vez es lo que Cristo se dispone a corregir en su enseñanza en el Sermón del Monte que tenemos en el evangelio para hoy. Cristo no tiene una receta médica para curar nuestra condición ya que nuestra condición no se puede curar con una receta médica. Sin embargo, Cristo nos ofrece un remedio muy sencillo. De hecho, lo que Cristo nos propone es tan sencillo que nos parece increíble y más aún cuando nos encontramos en las presentes circunstancias económicas por las que atraviesa el país y el resto del mundo.

Cristo nos dice, “No se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene más valor la vida que la comida, y el cuerpo más que la ropa?...

EN otras palabras, Cristo nos dice, ¿qué vale más? ¿Qué es lo más importante? ¿Qué es lo mejor? Recordemos que esto fue precisamente la situación que enfrentaron Marta y María cuando Jesús fue a visitarlas a su casa. Cristo dijo que María había escogido la mejor parte ya que ella se había sentado a sus pies a escucharlo. Cristo no le dijo a Marta que lo que ella estaba haciendo no era de importancia sino que había algo mejor, mas importante. Ahí radica nuestra dificultad—en identificar la sencillez del llamado de Cristo a escoger la más importante y mejor parte que como a María no nos será quitada.

Nuestro corazón tiene una habilidad grandísima para escoger lo menos importante. Y es también ahí donde radica el reto de Cristo para nosotros, escojamos la mejor parte. Vayamos en contra de lo que nuestro corazón nos está diciendo que es importante cuando en realidad no lo es. La vida vale más que la comida y el cuerpo más que la ropa. Escojamos lo mas importante que es Cristo y su reino y de todo lo demás Cristo ya ha tenido cuidado en favor nuestro.

Termino con una historia que ilustra lo que les he estado compartiendo, hermanos. Se llama Buscando Centavos.

Un día un muchachito estaba caminando cuando descubrió un centavo de cobre brillando en el polvo. Lo recogió y lo sostuvo con entusiasmo. ¡El centavo era suyo y no le había costado nada!

Desde ese día, dondequiera que caminaba, mantenía gacha la cabeza, sus ojos inspeccionando atentamente el suelo en busca de más centavos, y quizá otros tesoros aun mayores. Durante su vida, por supuesto, encontró más dinero.

En realidad, recogió 302 centavos, 24 monedas de cinco centavos, 41 de diez centavos, 8 de veinticinco centavos, 3 monedas de medio dólar y un gastado dólar de papel… un total de $12.82. Mantuvo en lugar seguro su tesoro, protegiéndolo como una “herencia gratis” de riqueza. Se gozaba con el hecho de que ese dinero no le había costado nada.

¿O sí le había costado? Durante la búsqueda de su tesoro perdió de ver la plena belleza de 35 127 puestas de sol, el esplendor de 327 arco iris, la hermosura de blancas nubes flotando por encima de su cabeza en un cielo de cristal azul, pájaros volando a gran altura, ardillas saltando en los árboles de rama en rama por encima de los senderos que transitaba y el brillo de las hojas de otoño danzando contra un fondo de sol otoñal.

Lo que obtuvo, $12.82, no fue con seguridad igual a lo que perdió.

La moraleja de esta historia es que los hombres, mientras buscan su sustento, se olvidan de vivir.

En otras palabras, esto es lo que Cristo nos dijo,

Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas. (Mateo 6:33,34)

Oremos,

Concede, oh Señor, que el curso de este mundo sea gobernado pacíficamente por tu providencia, y que tu Colectas Iglesia pueda servirte con gozo, confianza y serenidad;
por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

3.3.08

El hombre que se llama Jesús

Helen Keller fue una autora y activista norteamericana que nació ciega en el siglo 19. Ella dijo que “lo único peor que ser ciego es tener vista pero no visión.” La vista es uno de los cinco sentidos del ser humano y sin duda uno de los más preciados. Los ojos nos permiten ver nuestro entorno y reaccionar de acuerdo a lo que vemos. La pérdida parcial de la visión es sin duda algo lamentable y pero lo es mucho más cuando esa pérdida es total.

El evangelio de hoy nos presenta a un hombre incapacitado por la ceguera. Este hombre era ciego no en virtud de que perdió la vista luego de haber nacido sino porque nació ciego. Y como es natural para una sociedad moldeada a verlo todo como una maldición o bendición de Dios, los discípulos de Cristo hacen la pregunta acerca de la causa de la ceguera del ciego. “¿Fueron sus padres o fue él mismo el que pecó?” La ceguera en sí misma es una condición muy triste, pero atribuirle su causa al pecado propio o de los padres es un agravante muy serio.

Ser ciego en tiempos de Jesús significaba estar condenado a vivir de la caridad de los demás. Ser ciego en tiempos de Cristo quería decir que la vida propia dependía de la misericordia que tuviesen aquellos a los que se les pedía limosna. El Nuevo Testamento presenta la gran desesperación (y a la vez esperanza) de los ciegos al encontrarse con Jesús, por ejemplo, Bartimeo el ciego. El estigma social de que no se contaba con el favor de Dios sino con la maldición de Dios era algo con lo que un ciego tenía que vivir por el resto de su vida. Para la mayoría de las personas un ciego equivalía a nadie, era prácticamente inexistente o invisible.

Ante ese cuadro nada favorecedor para una persona incapacitada por la ceguera, llega Cristo para romper con los esquemas preestablecidos de la sociedad en cuanto las personas incapacitadas. También los sordos, los mudos, los cojos y los mancos, los leprosos y los endemoniados eran víctimas del justo juicio de Dios según las convenciones religiosas de la sociedad judía en tiempos de Jesús. La razón, explica Cristo, de porqué el ciego era ciego no se hallaba en su pecado ni en el pecado de sus padres. La ceguera no era un asunto de pecado generacional—el pecado de los padres visitado en los hijos. Sino un lamentable hecho de la condición humana afectada no por el pecado de nadie en particular sino por el pecado de todos en general comenzando con Adán.

Es aquí cuando Cristo afirma, “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.” Ante la patente oscuridad del ciego, Cristo declara “soy la luz del mundo.” Esa declaración hubiese sido suficiente para devolverle la vista al ciego, pero Cristo nunca hizo las cosas de manera convencional. Cristo, en lo que el evangelio relata hoy, escupe en la tierra y hace barro con la tierra que ha escupido. Toda una escena totalmente asqueante.

La saliva de nuestra boca tiene muchas propiedades que ayudan en la descomposición y digestión de la comida y, de hecho, tiene propiedades antibacteriales. También hay tierras que tienen propiedades minerales y ayudan a proteger la piel cuando se aplica como lodo. Sin embargo, la combinación de tierra y saliva como tratamiento para la ceguera es única en Jesucristo. Nunca antes se había visto algo semejante y nunca después se vio. Si pensamos detenidamente en ello, de todas las cosas que podríamos pensar para untarnos en los ojos, lo menos que usaríamos sería barro, especialmente si queremos ver con claridad.

Irónicamente, Cristo enloda los ojos de un ciego para que el que no vé vea. Claro, Cristo no simplemente le dio al ciego un tratamiento de barro mineral mezclado con saliva humana. Cristo le dice al ciego “ve a lavarte al estanque de Siloé.” Pienso que aparte de la incomodidad, para el ciego no habría ninguna diferencia entre tener los ojos sucios o limpios. Su verdadero problema era uno más serio, que no podía ver. Cristo violenta la naturaleza de unos órganos delicados del cuerpo humano aplicándoles tierra y saliva. Nosotros usaríamos de todo para nuestros ojos menos esos dos elementos. Sin embargo, Cristo, la luz del mundo, puede usar lo que él quiera incluyendo algo naturalmente oscuro y además sucio como el barro, para sacar de la oscuridad a un hombre que nunca ha visto la claridad del día con sus propios ojos.

Cristo se vale de los medios menos esperados para obrar en nuestras vidas. Estoy seguro de que la sensación de alguien tocando nuestros ojos de manera áspera e inesperada resultaría ser muy incómoda, pero Dios a menudo nos incomoda para traer cambios importantes a nuestra vida. Si queremos que Dios nos bendiga, él lo hará de una manera completamente desconocida para nosotros, pero el resultado en nosotros será evidente como la luz del día. El ciego pudo dar testimonio del eso.

Dice Juan,

El ciego fue y se lavó, y cuando regresó ya podía ver. Los vecinos y los que antes lo habían visto pedir limosna se preguntaban:

--¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?

Unos decían:

--Sí, es él.

Otros decían:

--No, no es él, aunque se le parece.

Pero él mismo decía:

--Sí, yo soy.

Entonces le preguntaron:

--¿Y cómo es que ahora puedes ver?

Él les contestó:

--Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo untó en los ojos, y me dijo: 'Ve al

estanque de Siloé, y lávate.' Yo fui, y en cuanto me lavé, pude ver.

Dios nos untará barro en los ojos si tiene que hacerlo con tal de que veamos su luz.

Siloé, el nombre del estanque, significa “Enviado”. En un juego de palabras, Cristo envío al ciego al Enviado. Y es que Cristo nos envía, nos pone en marcha, inicia el proceso de sanidad, de reconciliación, de perdón, de crecimiento en nuestras vidas y todo esto se da para que como sucedió con el ciego la gloria de Dios se manifieste en

nuestras vidas.

Si pensamos en el estanque del Enviado, ¿acaso no fue Cristo el enviado por el Padre para redimirnos y limpiarnos de nuestro pecado, así como el ciego fue limpiado del suyo? Del mismo modo, Cristo nos envía a una humanidad perdida y sumida en la oscuridad para que conozcan al que es agua limpia para limpiar nuestra suciedad y luz del mundo para curar nuestra ceguera.

Dice un viejo refrán que no hay peor ciego que el que no quiere ver. El milagro del ciego creo una de las disputas más grandes registradas en el Nuevo Testamento. El revuelo que provocó la sanidad del ciego en la comunidad inmediata fue tan grande que el concilio judío interrogó al ciego dos veces para corroborar si en verdad era él el que había sido sanado. Al no creer que era él, interrogaron a sus padres, quienes confirmaron que el que había sido ciego era su hijo. Aun así los líderes religiosos no creyeron y terminaron expulsando al ciego de la sinagoga.

Cristo también nos enseña hoy que hay una ceguera más profunda que la ceguera física. Cristo se vale de la tierra y de su saliva para erradicar la ceguera física de un hombre ciego de nacimiento, pero la comunidad inmediata de ese hombre ciego de nacimiento está llena de hombres que no están limitados por una incapacidad física sino espiritual.

El verdadero problema del hombre no es el no poder ver con sus ojos. Nuestro verdadero problema es no poder ver con nuestra alma. Cristo fue enviado para que nosotros saliéramos de las tinieblas. De principio a fin en su evangelio, Juan hace énfasis en que Cristo es la luz del mundo. Juan dice en el primer capítulo de su evangelio que en Cristo “estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.”

La gran contienda de los fariseos con el ciego y al final con Cristo es la gran contienda del hombre con Dios. Dios quiere darnos luz y nosotros queremos oscuridad. Dios quiere limpiar nuestra ceguera y nosotros queremos seguir siendo ciegos. La solución está en el Enviado, no el estanque sino Cristo mismo.

En las palabras del ciego, “ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo untó en los ojos, y me dijo: 'Ve al estanque de Siloé, y lávate.' Yo fui, y en cuanto me lavé, pude ver.” Mis amados hermanos, vayamos al estanque de Siloé. Ese estanque de agua limpia se llama Cristo. Amén.

Predicado el 4to domingo de Cuaresma 2008

24.2.07

Return to Me

Homily preached on Ash Wednesday 2007.

Today’s readings make an urgent and honest appeal to the hearers of the word of God. This appeal is to turn around, to come back, to turn away from a current pattern of behavior, to change, to make a u-turn, to repent.

"Yet even now," declares the LORD, "return to me with all your heart, with fasting, with weeping, and with mourning.”

Among the several meanings of the word return, we find this one, To revert to a former owner. A return unlike any other. Not a mere return to someone else; not even a return to ourselves, for it is a coming back to the One to whom we rightly belong. “Return to ME,” says the Lord.

These words bring back to memory the circumstances of the prodigal son, who carried his own self straight up to a pigpen. At that moment, where there could not have been a lower place to fall, the prodigal came to his senses and thought about two things. The first one was a course of action, to return. The second one was a mission, to return to his father. In the situation of the prodigal, as in ours, returning is intricately related to the father.

I remember a moment in my childhood when my younger brother and I were playing out in the street with other friends from our neighborhood. I remember seeing my brother stumble while running on the sidewalk across from our grandma’s house. His right wrist went straight down to a broken glass bottle lying on the sidewalk.

The very first thing my brother shouted was not “big brother, help me.” It was not “friends help me.” The very first word my brother shouted was “Papá.” I, the big and protective brother was close by. The friends with whom we were playing were close by. Yet, my little brother, in a moment of great pain and despair because of all the blood coming out of his wrist, did what any son knows to do best in such moments, he cried for help to Papá. Papá was quite a few feet away from all of us. We were out in the street and he was inside grandma’s house. So I grabbed my little brother’s wrist and squeezed it very hard. I told my little brother to calm down and hurried to our Papá.

My brother knew right there and then that the only one who could provide him with real succor was Papá. The only one who could provide him with real comfort was Papá. The only one that could give him real protection was Papá. My brother’s pain and fear outgrew him so rapidly and so greatly that my brother immediately sought the help of the only person he knew without the shadow of a doubt could help him. I couldn’t get him in a car and drive him to the hospital back then. That person was Papá. To him is to whom my little brother cried and our Papá is to whom I took him.

We usually don’t run to Papá when things are cool and easy. When we are playing out on the street and having fun. When we are going about our business and business happens to be OK. It’s when we stumble; when our backs are against the wall. You look right, nowhere to run. You look left, nowhere to run. It’s time to face the music. What to do then? What God is calling us to do today, that we come to our senses, like the prodigal, and return to him.

“Return to me with all your heart, with fasting, with weeping, and with mourning.” There are ways of returning to the Lord. Actually, there is a way of returning to the Lord. There are concrete signs that speak of our returning to Him who would receive us again. In these readings we hear of returning to God with fasting, weeping and mourning. These actions mean repentance.

On this Ash Wednesday, the first day of Lent, we cannot come back to God as if nothing had ever happened. “Rend your hearts and not your garments,” says the Lord. Weeping, fasting and mourning speak of pain and sorrow. It is really much more than saying “I’m sorry.”

Rending our hearts means going below the surface, going deep beneath the skin of our lives, examining our souls and exposing what we cannot hide before God in the first place. To rend our hearts and not our clothes demonstrate that our innermost being is shaken, moved to a degree where we need to cry “papa” because nobody else would respond like him. Nobody.

“Return to the LORD, your God,” says the prophet Joel. And here is clincher for us, “for he is gracious and merciful, slow to anger, and abounding in steadfast love; and he relents over disaster.” Lent is a journey that for us may begin with pain and sorrow; with rending our hearts, with repentance and ashes, so that it may end in mercy and grace, in forgiveness and glory, and in joyous light. Amen.